La camiseta de Crochi
- Escritora MC

- 3 jul 2025
- 2 Min. de lectura

Cuando éramos chicos todo lo que vos querías hacer era ir a entrenar al glorioso Club Atlético San Martín y jugar los domingos. Recuerdo tu mínimo kilaje, que nos preocupaba a todos porque eras apenas un chiquito flaco corriendo atrás de una pelota enorme recibiendo patadas y empujones que nos dejaban sin aliento. Jamás te vi achicarte por eso. Te levantabas del piso, te sacudías el polvillo y el pasto seco, y salías corriendo atrás de la pelota otra vez.
Uno de los primeros partidos hacía muchísimo frío y el entrenador les dio unas camisetas manga larga que, claramente, no pertenecían a la división en que jugabas... pero no había otras. Estabas abrigado, tenías una polera blanca debajo que se asomaba por el cuello en v de la casaca, y la camiseta te llegaba hasta las rodillas. Tuvimos que doblar las mangas cuatro veces para que no te colgaran y pudieras usar las manos. Ahora que lo recuerdo, es una imagen graciosa y me río. Tus piernitas flacas prácticamente arrastraban la camiseta y jugando así, incómodo, llegaste al área y metiste un gol. Ahora que lo recuerdo, desde ese momento, ninguna camiseta fue lo suficientemente grande como para que te hicieras chiquito.
En cada lugar que ocupás, en cada rol que desempeñás, lo dejás todo y todo lo abarcás. Como hermano, como hijo, como tío (tal vez, tu mejor faceta), como padrino, como sobrino, como compañero y como oponente. En nuestras discusiones, que fueron, son y serán muchas, siempre sos un rival digno y respetás nuestro pacto tácito de no golpear debajo del cinturón y de argumentar con fundamentos válidos.
Esa confrontación constructiva en la que crecimos juntos sin destruirnos, rivalizando en algunas ideas, aviso, sólo se volverá más intensa. Tenés la posibilidad de cambiar cosas, de tomar decisiones que hagan bien y sé que lo vas a hacer. Vamos a seguir discutiendo y no estando de acuerdo en muchas cosas, pero sería muy injusta con vos si no reconociera el enorme trabajo que venís haciendo y el enorme trabajo que te proponés hacer.
En tu corazón, que es enorme y empático, veo latir la alegría del abuelo cuando nos enseñaba a saltar la soga, su firmeza al enseñarnos a jugar a las cartas y su risa cuando cantaba a los gritos castigando a aquel pobre charango. En vos se proyecta esa habilidad hermosa que nos contagió la tía de saber escuchar, de hacer silencio y atender a las palabras del otro, a lo que nos está diciendo, a la historia que nos está contando, sin juzgar y buscando la forma de acompañar.
Son tus mejores armas para este trabajo que te toca hacer en un momento tan, tan complicado y que te va a hacer jugar tan, tan incómodo: tu corazón y tus oídos. Ninguna camiseta te queda grande. No es que no lo sepas, es que me parece correcto que alguien más lo señale.
Te felicito. Te respeto. Estoy muy orgullosa de vos. Te amo.



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